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Ayer terminó una de las mejores series de animación de los últimos tiempos y aún no he tenido valor de ver el GRAN FINAL. No me culpéis por ello. Si acaso, uniros a ese luto que todos hemos vivido alguna vez. ¿No sabes a que me refiero?

Os pondré un ejemplo ñoño y vergonzante a partes iguales: mi propia infancia. Cuando era un crío «aostiable» (lo digo con conocimiento de causa y efecto) estaba enganchado al Un, Dos, Tres, cuando lo presentaba Jordi Estadella (la desaparecida voz del Inspector Gadget). Era autentica fascinación. No sabría hablar de momentos concretos del programa, dado que mi cerebro, en un alarde de inteligencia no muy común en él, ha borrado bastantes de los recuerdos de ese mito televisivo. Sin embargo, algo no se me olvidará nunca: el último programa.

Esas sonrisas tristes. Esos mensajes y discursos de despedida fúnebre. Esa concepción de momento histórico de la televisión. Y, por supuesto, ese filtro grandilocuente que te da ser un niño. Al acabar el programa, una sensación de frustración, tristeza y perdida como no había vivido antes me hicieron llorar durante un rato tan largo como ridículo.

La cuestión clave llegó tiempo después cuando, por avatares de reposición o zapping, volví a encontrarme con imágenes del mencionado último programa. Un residuo de tristeza quedaba, pero ya no funcionaba igual. Esa cumbre emocional del final se había evaporado y, simplemente, ya no era lo mismo.

Cuando algo nos gusta, más vale que disfrutes de su final. Es inevitable y no vas a poder vivirlo de la misma manera nunca más. Se podría comparar como cuando cortas con alguien, pero no es igual. Con las personas estamos en constante cambio y esa persona que odias hoy, puede ser tu apoyo mañana. Un producto de ficción es inmutable (salvo Star wars, pero eso es otra historia) y las etapas por las que pasas con él serán siempre las mismas. Esa primera vez de Jungla de Cristal, Metal Gear Solid o Gravity Falls es irrepetible y, cuando se acaba, sobretodo cuando todo el viaje ha merecido la pena, es el punto que hace que todo lo anterior merezca la pena.

Por eso estoy alargando ese momento, esperando la ocasión perfecta para paladear esa despedida de personajes y tramas. Será triste pero disfrutable al 100%. Así que…

¡Como me vengáis con Spoilers os mato a todos! Gracias. 🙂

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el-poder-de-la-culpa

El camino que están siguiendo los acontecimientos tras la liberación de la terrorista Inés del Rio están mostrando todos los errores en España ante las derrotas.

Primero, la sorpresa ante como algo cutre acaba mal.

Segundo, la rabia (o pataleta) porque nos han pillado en un renuncio largamente anunciado.

Tercero, la culpa la tiene otro. Los Otros.

En España vivimos constantemente con el escudo de los Otros.

Los Otros, esos de Europa que nos odian, nos han tumbado la indestructible Parot por envidia (el remate perfecto iría con un «…’ta claro», así, a lo susurro puñetero).

Los Otros, los que gobernaron, por no construir alrededor de la Parot como si fuera la Armada Invencible, tan española.

Los Otros, los que gobiernan, por no ver el problema y solucionarlo a tiempo.

Los Otros, los que somos gobernados, por no hacer nada para evitarlo.

Ya se sabe, cuando algo sale bien, hasta el conserje se apunta el tanto. Cuando algo sale mal, el problemático se convierte en victima y el demonio tiene nombres como justicia internacional, crisis, vascos, catalanes, rojos, azules, ateos, católicos, capitalistas, comunistas, del Madrid, del Barça…

Y así, el ciclo sin fin vuelve a rodar. Cuando en este país alguien asuma su responsabilidad, nos va a resultar tan raro, que, atacados por ese paroxismo patriótico tan nuestro, le quemaremos en la plaza del pueblo, entre chanzas y verbena. No sería la primera vez.

España, el mundo al revés.

La lógica, en más de una ocasión, se convierte en un hacha sin filo, contundente y sin ningún tipo de sutileza. No es algo que entienda de corazones, miedos, amores y odios. La lógica lo que si tiene, cuando es pura, es que no tiene dobles interpretaciones. Aunque eso es discutible, dado que el ser humano es capaz de ver con el filtro que desee en cada instante de su vida. Por ello, aunque en este peliagudo tema, como en otros que puede que trate en futuras entradas, voy a usar dos reglas. Primera, mi opinión no es infalible y mi lógica (o los filtros con las que la veo), menos. Segunda, ser lo más pragmático y frío posible. Es el único camino que he visto que puedo llevar en este mundo cada vez menos cuerdo.

La noticia sobre la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la doctrina Parot ha levantado todo tipo de reacciones. No es raro que esto pase. Sin embargo, los extremos a los que se está llegando si me parecen de traca. Pero, lo más gracioso de eso es que a poca gente veo que se detenga en la cuestión más básica de este problema: todo esto pasa por que la Parot era un parche y, como todo parche, al final, se acaba cayendo.

Con esto no digo que tenga que haber o no cadena perpetua en España. Eso lo dejo para otro día. Lo que me cabrea de todo este asunto es que llevemos años amparándonos en una ley que, a estas alturas de partido no hubiera sido tumbada si se hubiera regulado como se debe, para variar en este país. Lo grave, a mi entender, no es que la ley se tumbara. Lo grave son las medias tintas primero y los lloros después en un asunto tan peliagudo.

Mi padre siempre me ha dicho una cosa que tengo grabada a fuego: no vas a contentar a todo el mundo. Eso lleva a que, si gobiernas un país (en una democracia normal, no la locura que tenemos actualmente en España), da igual lo que hagas que siempre habrá alguien que te dirá lo muy equivocado que estas. Sin embargo, la lógica dice que gobernar un país, una ciudad, un pueblo y hasta una casa no es algo fácil.

El pueblo no elige a sus gobernantes para que le den palmaditas en la espalda. Lo elige para que tome el control y haga lo que crea conveniente. Ya el pueblo (vuelvo a lo mismo, en una democracia normal e incluso idílica), si los gobernantes no hacen su trabajo, se encargarán de ponerles en su sitio. Por ello, cuando pasan cosas como las de esta noticia, solo un concepto viene a mi cabeza: hipocresía.

Si quieres tener a un terrorista, un asesino, un violador o lo que sea toda su vida en la cárcel, quítate la máscara y legisla para que eso ocurra. ¿Queréis poner cadena perpetua pero no es popular y os quitaría votos? Aunque la política se halla convertido en un concurso de talentos sin estrella, en algún momento hay que mostrar las cartas y demostrar realmente para que estás ahí. Lo que ocurre es que ya sabemos para estáis.

Esta país no esta construido por arquitectos. Este país es una enorme y lujosa chabola que esta en constante reforma (sanitaria, educativa, administrativa, judicial…), añadiendo más y más pisos de barro a la estructura. No os quejéis cuando un piso cae. Alegraos de que, aún haciendo las cosas cutremente, aún tengáis chabola que arreglar.

Pero eso sabemos como va a acabar. Otro parche tapará al anterior hasta que la frágil estructura caiga de nuevo y de nuevo reluzcan los corazones, miedos, amores y odios. Mientras, las máscaras siguen en su sitio y los bares vuelven a convertirse en los únicos lugares donde se hace política de altura en este país.

Por mí, como epílogo a esto, haría referendums todas las semanas. ¿Qué algo es muy polémico y los políticos de turno no quieren mojarse? No os preocupéis, el pueblo habla y acierta o se equivoca con todas las consecuencias. Ya demostramos cada cuatro años nuestra ineficacia. Sin embargo, parafraseando de nuevo a mi progenitor, ese melón no parece que se quiera abrir y esta empezando a ponerse pocho. Sin embargo, el pueblo, deliciosamente bocazas, por algún lado tiene que hablar y cuando las urnas y los bares no sean suficientes, vendrán tiempos interesantes.